Crecí flaco en una isla donde la comida no se elige, se resuelve. Me decían que mis genes me condenaban al estancamiento; yo decidí que mis genes no iban a tener la última palabra.
Subí 47 libras de músculo entre Habana y Miami, sin trucos virales. Solo libros, errores caros, y la obsesión de medirlo todo. Lo que aprendí no estaba en internet. Tuve que ganármelo.
Hoy entreno a quienes se reconocen en mi historia: el cubano que llegó sin nada, el flaco que no veía resultados, el ambicioso que dejó de cuidarse. El que un día decidió cambiarlo todo. RLVD no es un programa, es la convicción de que la disciplina supera a cualquier carta que nos haya dado la genética.